Felix Maocho

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Teatrillo de Chamartín presenta una nueva obra, “La Señora recibe una carta”

Félix Maocho
22/2/2017

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Por un año más, la agrupación cultural Teatrillo de Chamartín, realizó una representación teatral en el IES Beatriz Galindo, a beneficio de la ONG Asociación Escuela Sansana, que centra sus esfuerzos en levantar escuelas en el territorio mas pobre, de uno de los países mas pobres, Burkina Faso.

Y una vez mas, nos ofrecieron una comedia de mediados del siglo pasado, de uno de los autores mayor éxito del momento, Víctor Ruiz Iriarte. “La Señora recibe una carta” con un tema tradicional en la dramaturgia española los celos y el honor.

La sinopsis de la obra no puede ser mas sencilla:

Un grupo de matrimonios amigos se reúnen para cenar. Todo transcurre con normalidad, en un ambiente festivo y alegre, cuando suena el timbre de la puerta. Abren la puesta y no hay nadie, tan solo una carta depositada en el suelo dirigida a la señora de la casa, en el que se la informa que en ese momento se encuentra en su casa la mujer con la que le engaña su marido.

A partir de esto, se suceden los descubrimientos de viejas historias de amores juveniles olvidadas, pero sobre todo la necesidad de descubrir quien es la amante, para que todas las demás mujeres queden libres de sorpresa y los maridos se queden libres de celos.

Este planteamiento tiene desde el punto de vista escénico, sus ventaja e inconveniente. La ventaja, es que todos el elenco, tanto ellos como ellas, tienen su momento de gloria, con un largo parlamento que hace de cada uno, en ese momento, el foco de la atención y el protagonista de la historia. Si exceptuamos a Alberto, el dueño de la casa y potencial amante de todas aquellas señoras, que si puede ser considerado el “protagonista”, todos tiene papeles muy parejos con su momento de lucimiento personal, algo muy agradable, cuando todos los actores, son aficionados, que lo único que les mueve, es poder mostrar en público su valía como interprete.

Sin embargo tiene un inconveniente, salvo contados momentos, en que el grueso de los actores abandonan la escena, para poder dar lugar a diálogos en la “intimidad” de un par de ellos, todo el tiempo, la totalidad del elenco, permanece en escena y sin mucho que hacer, mientras sus compañeros van poco a poco desgranando sus confesiones.

Esto exige un gran nivel interpretativo, porque aunque esos autores no tengan, ni dialogo ni acción que realizar, siguen estando en escena y han de representar con su aparente inacción, una serie de sentimientos que se viven en el escenario, dudas, celos, resentimientos,… Algo que a mi juicio, no se fácil de conseguir y que en conjunto, consiguen superar con habilidad, lo que dice mucho tanto del nivel de los actores, como de la dirección de la obra.

La obra hay que trasladarla a su contexto histórico, la España de los 60 ya no era, ni mucho menos, la España calderoniana del “HONOR” y la “HONRA”, pero tampoco era la España del año 2000 y aun, viejos amores totalmente acabados, aunque conocidos por todos, se “eclipsaban” de la memoria, como si nunca se hubieran producido y tan solo que volvieran a salir a la luz. abrían heridas de una susceptibilidad a flor de piel.

Víctor Ruiz Iriarte se acercaba a una problemática candente en la sociedad española, y aun disfrazándola de comedia, bordea peligrosamente el drama y la tragedia. A mi juicio, si no se hubiera llamado Ruiz Iriarte, autor con toda una carrera de exitosas comedias encima y si hubiera hubiera buscado con menos denuedo el aplauso fácil del público, Iriarte, podría haber hecho una gradísima obra dramática. Pero no se atrevió y cuando la comedia se escapaba, con su maestría teatral, la volvía a traer a la comedia, como los toreros llevan el toro a los medios, con dos capotazos y la punta del capote.

Y cuando ya la cosa no tenia más salida lógica, recurrió, a lo que a mi juicio, es lo mas flojo de la obra, el milagro que todo lo arregla. Quiero, no obstante, felicitar al “Portero”, actor con “vis cómica” extraordinaria, cuya simple entrada en escena, provoca la carcajada y con ello hace posible, “tragar” el final que nos había preparado Ruiz Iriarte, un final blandengue y rosita, que lleva la paz a los bienpensantes y que te permite salir del teatro como entraste, vacío de todo.

Con todo, si se analiza la obra, se ve que Ruíz Iriarte tiene maestría para hacer teatro, los personajes, apuntados con tres brochazos, son sólidos y de personalidades diversas y definidas, Alberto, trasunto del propio Ruiz Iriarte, un escritor de éxito pagado de sí mismo, deseoso de que sus obras sean escuchadas y aplaudidas. Adela, su mujer que ocultamente siente celos de hombre exitoso, por lo que cree, sin dudar, lo que la carta dice. Alicia y Tomás, una perfecta pareja de absolutos insensatos atolondrados, que se dedican a quemar el dinero, que él gana sin mucho esfuerzo.

El contrapunto, lo ponen Manuel y Teresa, todo lo contrario, la típica pareja “sensata”. Él se levanta temprano para trabajar en la Bolsa y ella es la típica maruja, son la “sensatez”. De jóvenes fueron todos muy amigos, los dos hombre amigos íntimos, pero mientras que ellos han “evolucionado“ y son el modelo de “gente de orden”, sus amigos siguen siendo “bohemios” que viven el día a día, sin preocuparse en exceso del mañana.

Laura Fuentes, es la mas “moderna”. Liberal y sin pareja, actriz que conoció el triunfo de las candilejas y comienza a vivir su decadencia, que silenciosamente siente la proximidad del fracaso, no solo profesional, sino personal, «Es que me siento sola, muy sola, espantosamente sola.»

Y por último Marina, también sola, pero a diferencia de los otros, carece de pasado esplendoroso, ni presente brillante, «Yo no soy más que una pobre chica», pero es la única, de aquellos personajes, que siente el amor correr por sus venas. Y un papel mas, del que ya he hablado. el Portero de la finca, un ser dotado escasamente con el cerebro suficiente para hacer, (mal), su modesto trabajo, sobre el que recae el hacer el único papel 100% cómico de la obra.

Con estos mimbres, Ruiz Iriarte monta su obra complaciente con el publico y con la que, moviendo los resortes que le da el conocimiento del oficio, arranca de muy buena gana el aplauso al final de la comedia, el único objetivo que se había planteado el autor. Hay que reconocer que pasas un buen rato, aunque sea un tiempo perdido.

En su época 1967, estrenaron esta comedia un plantel de actores asombros Elisa Montes como Adela. Fernando Rey como Alberto, Luis Peña. Mara Gollanes,…. Y vuelvo a repetir que esta obra no tiene hueco para los actores secundarios, cualquiera de ellos tiene que dar la talla tanto para salir airoso de su particular momento estelar, como simplemente para no desentonar en el escenario cuando no soportan el foco de la atención.

Y los actores cumplieron largamente, se meten en la piel de unos arquetipos un tanto maniqueos y les dan carne, consiguiendo que en una obra “falsa”, ellos sean auténticos. Por destacar a uno, destaco a Alberto un papel difícil con un duro cambio, inicia siendo el blanco de las iras de sus amigos, hasta que se decide pasar a ser el dueño de la situación y hace bailar a los demás, con el son que el toca.

También me gusta el papel de Marina, no es fácil en el teatro hacer un papel de persona gris, y ella sabe pasar desapercibida, hasta que llega su momento y dentro de aquella sociedad, vana y superficial, da el contrapunto idealista y enamorado, de persona que todo lo da y nada espera.

Y `por tercera vez vuelvo a hablas del Portero, porque sigo sin saber si es muy bueno, o simplemente el entra en el escenario y todos nos ponemos a reír, Tiene ese don que algunos pocos actores tienen y que no se sabe en que consiste, pero producen risa sólo con su presencia, me hace recordar salvado las distancias al prototipo de todos ello, a José Isbert.

Lo dicho una vez mas pasamos un buen rato, gracia por ello a todo los componentes del Teatrillo de Chamartín y a ver si entre todos conseguimos levantar la tercera escuela en Sansana.

Félix Maocho

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24 febrero 2017 - Posted by | Cine y teatro | , ,

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