Felix Maocho

Para quien le interese lo que a nosotros nos interesa

Los papeles de Torre – El esquiador

Por Félix Maocho
15/7/2014

Rebuscando entre los papeles de mi sicario, he encontrado estos que transcribo a continuación, que a mi juicio se refieren claramente a la muerte de Alfonso de Borbón. Recuerdo que era el legítimo heredero de la la corona de Francia, y, les guste o no a los monárquicos, el heredero por la linea de la primogenitura de Alfonso XIII. Y que a su padre la hicieran abdicar por ser mudo, es algo que en estos tiempos que corren de defensa de los minusvalorados es poco de recibo.

Para colmo casó con la nieta de Franco, por lo que en su tiempo le consideramos como heredero designado de Franco que en cambio entre la baraja de pretendientes al trono de España decidió elegir en el momento de la verdad a Juan Carlos I el heredero del hijo segundón.

Si realmente es verdad lo que cuenta, en verdad tiene en su cuenta de asesinatos una testa doblemente coronada, lo que, aun en este tiempo de republicanismo y democracia, no deja de tener su mérito.

He mirado en Internet y hay quien tiene dudas sobre la causa de la muerte de Don Alfonso de Borbón, yo por mi parte, no me pronuncio en ningún sentido, por que lo desconozco. He sido esquiador y el accidente que se cuenta puede ser real, un cable cruzado próximo a una pista es una posible causa de accidenta, bajas muy rápido y con una visibilidad mediana, bien porque hay neblina, bien porque el sol brilla en la nieve y te ciega.

Lo que no entiendo bien es que solo hubiera una víctima, un cable así debería haber al menos lesionado el mismo día a montones de esquiadores, pues por las pistas mecanizadas suben miles de esquiadores al día y el recorrido que hacen todos sobre todo en el tramo final es muy semejante. Ese es el punto que me resulta mas sospechoso del accidente.

Lo cierto es que si bien podía haber optado a las dos coronas, nunca dio muestra de tener especial interés en luchar por ellas, trató mas bien de intentar por igual de caer simpático y pasar desapercibido, sobre todo desde el divorcio con la nieta de Franco, por lo que a mi juicio, no  creo que nadie saliera especialmente favorecido con su muerte.

Ahora si, extraña, si lo es.

Un abrazo.

* * * * * *

El esquiador

 Por Torre

.

No creo que haya en todo el mundo otro de mi profesión que tenga en su haber un pretendiente a dos tronos. Digo esto a modo de curiosidad, porque a mí personalmente me da lo mismo que mi objetivo sea alguien importante o un pelagatos. Lo que yo valoro no es el sujeto, sino la dificultad en cobrar la pieza y en qué medida consigo acercar mi obra a lo pedido por mis jefes; si ha de parecer un suicidio o una muerte natural, o por el contrario si debe quedar claro que es una venganza o el pago de una deuda pendiente.

A mí igual me da que el sujeto sea un ferroviario o un marqués. Lo que valoro es, si tiene escolta, si está avisado… en fin, la complicación que presenta el caso. Como buen cazador, valoro más abatir de un tiro cruzado certero una perdiz que el perro levantó de improviso, que matar con un fusil de mira telescópica, cuando lo autoriza el guarda forestal, un rebeco parado en lo alto de un risco.

Viene todo este preámbulo a cuento para explicar que haber acabado con un pretendiente de dos coronas es una curiosidad histórica de la que me encuentro hasta cierto punto orgulloso, porque supongo que no se habrán dado muchos casos en la historia y seguro que ninguno en este siglo, pero desde el punto de vista técnico no planteó excesivas dificultades.

Recibí la orden de acabar con él, como siempre sin la menor explicación al respecto, y realmente no puedo imaginarme por qué lo decidieron en las alturas. Si bien es verdad que teóricamente era el pretendiente a las coronas de dos países, no lo es menos que nunca intentó seriamente conseguir ninguna de las dos, y solamente pretendió vivir su vida de parásito social, sin la más mínima intención de pasar a la acción para conseguir sus tronos.

El caso es que se encontraba en Estados Unidos en un gigantesco centro de esquí de las Montañas Rocosas haciendo lo único que realmente sabía hacer bien en esta vida, esquiar. Pensaba romperle el cuello simulando un golpe y que simplemente los forenses inventaran la historia que mejor cuadrara con la teoría del accidente Yo no tengo ni idea de esquiar por lo que no sabía bien como conseguiría acercarme a él en un sitio discreto para llevar a cabo mi trabajo.

Tenemos muchas veces comprobado que la muerte por asesinato no es el mejor reclamo en los sitios de postín. Si matas a alguien en el Metro o en un barrio pobre, casi con toda seguridad los forenses seguirán con ahínco cualquier indicio que señale un posible asesinato; pero si lo matas en el Rich, en la Opera, o durante un crucero de lujo, por el contrario, los forenses buscarán cualquier indicio para achacar la muerte a una causa natural, un accidente, o un suicidio y sólo cuando no puedan seriamente echar la culpa al destino, admitirán que quizá haya sido un asesinato.

Formábamos el equipo cuatro personas. Una vez en Estados Unidos comenzamos por equiparnos adecuadamente para la ocasión. Compramos en Nueva York un equipo completo de ropa de nieve en un local que vendían material de segunda mano. Queríamos ropa americana en buen estado pero no totalmente nueva. No quería llegar a la nieve llamando la atención por tener aún las etiquetas con el precio colgando en todo lo que lleváramos puesto. Yo lo único que no compré fueron los esquís, pues no entraba dentro de mi plan comenzar a esquiar a mi edad. Uno del equipo si sabía esquiar bastante bien, y los otros compraron el equipo para hacer bulto, pues tampoco habían esquiado en la vida.

Como alguna justificación teníamos que tener para estar un grupo de no esquiadores en una magnífica estación de esquí, traíamos con nosotros un equipo completo de fotógrafo profesional. Seríamos unos fotógrafos realizando un reportaje para una revista.

También desde Nueva York alquilamos un apartamento en la estación de esquí y emprendimos el viaje atravesando medio país para llegar a la maldita estación invernal.

Cuando llegamos, realmente comprendí su fama, nada que ver con la sierra de Madrid. En todas las direcciones inmensos valles cubiertos de nieve atravesados por todo tipo de arrastres que se perdían en la lejanía, y en la estación, los hoteles más increíbles, las instalaciones más grandes de todo tipo, desde piscinas de agua caliente a boleras y salas de fiestas, todo en ese estilo tan americano que mezcla lo apabullante con lo hortera. Y en medio de esa inmensa estación, nuestro hombre.

La información que teníamos era correcta y no tuvimos problema para localizarlo. Le controlamos un par de días y observé sus costumbres. A eso de las 10 de la mañana salía del hotel hacia el teleférico y no volvía hasta un poco antes de anochecer. Mi compañero intentó seguirlo por las pistas, pero era imposible, esquiaba mucho mejor que él, y se tiraba por unas pistas que él a duras penas se atrevía a bajar, por lo que los dos días le perdió de vista a las primera de cambio. Lo que sí era un dato seguro es que no volvía a la estación hasta que estaba a punto de anochecer, lo que indicaba que también comía en algún lugar a pié de pista, vamos que actuaba como un completo deportista.

En el vestíbulo de un hotel conseguí planos de las pistas y toda la información que necesitaba y una cosa más, dos motos de nieve para desplazarnos a nuestro aire por donde quisiéramos. Con las motos llamábamos bastante la atención, aunque no éramos los únicos como hubiera ocurrido en España, pero nuestro papel de fotógrafos justificaba este sonoro y llamativo medio de transporte.

A la mañana siguiente subimos con las motos, nada mas amanecer, hasta donde llegaba el primer funicular. Era un monte pelado desde el que te podías deslizar por tres vertientes, para enlazar con otros arrastres hacia otras laderas que te llevarían por toda la estación. También tenían la posibilidad de volver a subir al monte. No se podía saber hacia donde esquiaría nuestra presa, así que habíamos decidido esperarle en la cumbre.

Desde la estación, como estaba convenido, nos avisaron por radio del momento en que tomo el teleférico a la cumbre. Al poco tiempo le vimos llegar. Se puso los esquís y se tiró hacia el este. Inmediatamente tomamos las motos y nos tiramos tras él. Esquiando se baja sin duda más rápido que lo que era posible con la moto y pronto nos sacó un buen trecho.

Cuando llegó abajo tomó un arrastre hacia la siguiente ladera. Eso era lo que yo deseaba, pues, cuanto más se alejara del punto de partida, menos gente encontraríamos. Mi compañero se quedó en ese valle. El arrastre subía a los esquiadores hasta lo alto de la cordillera pudiendo bajar esa ladera o la contraria, para volver, si quería a remontar el otro lado del valle con un arrastre, alejándose aún más. Pero ése era el final del trayecto y por fuerza tendría que volver en dirección contraria por el mismo camino.

Si decidía no llegar hasta el fin del trayecto, mi compañero le estaría esperando en el primer valle. Si decidía llegar hasta el final, yo le esperaría en el segundo valle. Nos encontraríamos con él en un lugar algo solitario, y con un poco de suerte uno u otro podría llevar a cabo el trabajo sin mirones.

Como me temía, utilizando yo esa moto tan ruidosa y llamativa, él pronto se dio cuenta de que le seguía. No puedo saber que pensó sobre el tema. ¿Quizá me tomó por un paparazzi?. ¿Acaso dedujo que era un escolta que le proporcionaba el gobierno?. No lo sé, lo que sí es cierto es que sabía que le seguía y que no tenía ningún miedo. Ni por asomo se le ocurrió sospechar que quisiera matarlo.

Se dedicó a jugar conmigo. Cuesta arriba acorté con mi moto el trecho que me había sacado bajando, pero no llegué a darle alcance. El, como disimulando, estuvo haciendo algo de tiempo hasta que yo llegué a lo alto y en ese mismo instante partió raudo cuesta abajo mientras yo trataba de darle nuevamente alcance. Le vi mirarme un par de veces para cerciorarse que le seguía, aunque no hacía falta mirarme, en el silencio de las montañas la moto hacía un ruido infernal.

Nuevamente cuando llegué al valle, él había tomado el último telesquí que llevaba a lo alto de la siguiente ladera. Apagué la moto y me preparé a esperarle, sabía que por fuerza tendría que subir por el telesquí de vuelta cuando quisiera iniciar el regreso, así que me quedé esperándolo ahí hasta que volviera. Le vi volver la cabeza mientras subía hacia el otro lado, como desilusionado de que no le siguiera más. Continuó remontando hasta que le perdí de vista.

Lo que más me desgasta en este trabajo son las largas esperas, por un lado tienes que estar atento por lo que pueda pasar, por otro necesitas llenar el cerebro con algo para no obsesionarte con lo que vas a hacer.

Yo suelo repasar en esos momentos todo el plan: como actuaré, por donde me alejaré etc. Saqué mis notas y volví a repasar el plano de las pistas. Estudié de nuevo las pistas, como podía volver a la estación, los distintos circuitos que se podían seguir combinando descensos y remontes. Y sobre todo los caminos forestales que podría tomar con mi moto en el caso de tener que retirarme precipitadamente.

El tiempo pasaba despacio, de vez en cuando llegaba un esquiador o un grupito hasta donde yo estaba, para inmediatamente tomar el arrastre que les alejaba de mí. En general al pie del arrastre no había nunca nadie. Aunque estábamos en plena temporada de esquí, no siendo época de vacaciones y en medio de la semana, el número de personas que había esquiando con relación a la capacidad de la estación era pequeño y los arrastres podían evacuar mucha mas gente de la que los utilizaba. Comparaba con envidia esta situación con las colas que se montan en Madrid para tomar cualquiera de los arrastres existentes.

Estaba apoyado en un poste de madera mirando hacia la cuesta por donde tenía que llegar. Cuando le vi no era mas que un punto en el horizonte, le reconocí por el color del anorak, pero de lejos y con media cara cubierta con las gafas no podía asegurar aún que fuera el .

Miré alrededor y vi que estaba solo, los últimos esquiadores que habían llegado se encontraban ya lejos arrastrados por el telesquí y él bajaba solo. Me preparé para lo que hiciera falta, fui quitándome los guantes, note el frío en mis manos. A medida que se acercaba pude confirmar que era él, podía distinguir sin duda detalles de su ropa que recordaba de cuando estuve siguiéndole.

También supe que él me había reconocido por la moto. Me di cuenta que se dirigía hacia mí, así que me preparé. Sobre la marcha cambié el plan. Como en un flash vi una solución que no se me había ocurrido antes. El poste en que me apoyaba formaba parte de una especie de portón que indicaba la entrada al telesilla para que los esquiadores la distinguieran desde lejos.

Todo el tenderete estaba sujeto con unos tirantes de acero que mantenía los maderos fijos en su posición vertical. Aquellos cables me dieron una idea. Deslicé mi mano en el bolsillo y cogí una navajilla que siempre llevo conmigo, no es más grande que un cortaplumas, pero está magníficamente afilada y una puñalada en el corazón o en los riñones no necesita de un cuchillo de monte.

Continuaba acercándose, venía a buena velocidad, esquiaba bien. Con un derrape de costado frenó casi en seco a menos de dos metros. Le vi acercarse sonriente, deslizándose suavemente hacia mí. Casi estoy por asegurar que quería preguntarme quien era y por qué motivo le seguía. No le di tiempo, también sonriendo avancé un par de pasos hacia él y súbitamente, de un mandoble con la navaja, le di un profundo tajo en el cuello.

Vi llenarse su cara de una infinita sorpresa, trató de gritar pero el aire se escapaba por el profundo corte y solo salió un grito mortecino de sus labios. Cogiéndole por el pelo para no mancharme, le acerqué rápidamente la cabeza al cable más próximo a donde estábamos. La sangre que salía a borbotones manchó el cable. Ya tenía bastante, le dejé caer al suelo con los últimos estertores.

Miré por los alrededores, había alguna pequeña mancha por el suelo donde le había dado la puñalada, si alguien se fijaba un poco vería que todo era un montaje, pero no tenía tiempo para borrar huellas, que pensaran lo que quisieran.

Puse la moto en marcha y me alejé del lugar por un camino que llevaba fuera de las pistas. Cuando había recorrido unos doscientos metros y ya estaba a cubierto de miradas saque el walkytalky y di la señal de aviso a mis compañeros para que se fueran. Continúe deslizándome un buen rato por los caminos entre el bosque, en todo el recorrido solo me encontré con un grupo que practicaba esquí de fondo y cuyos miembros me saludaron alegremente con la mano.

Cuando llegué a la estación devolví mi moto en el sitio del alquiler. Vi que también estaba la de mi compañero. Ni me molesté en volver al apartamento, sabía que ya se habrían ido y que habrían dejado el apartamento limpio de cualquier huella.

En el parking estaba el coche, habían tenido el detalle de cargar mi maleta. Salí al instante y empecé a recorrer carreteras principales y secundarias siempre hacia el sur. Cuando llegó la noche había completado unas 600 millas. No sé exactamente cuanto es eso, pero estaba realmente agotado.

Paré en el típico motel americano y directamente me metí en la cama. Tumbado en la cama fui repasando con el mando de la televisión los distintos canales, hasta que encontré un telediario en el que hablaban del tema. La noticia la daban sin prestarle excesiva importancia, en América era un absoluto desconocido al que llamaban príncipe de España.

Como yo había previsto, periodistas, policías y forenses se empeñaron en demostrar que había sido un accidente. Mejor es que el seguro pague una indemnización a los herederos de la víctima como responsabilidad civil de la Estación, que se difunda que en la mejor estación de esquí americana no hay la suficiente seguridad y que cualquiera te puede matar mientras esquías.

Al día siguiente me acerqué a Silverston. Dejé el coche de alquiler y fui dando tumbos de avión en avión, de un lado a otro de los Estados Unidos hasta que por fin termine en Méjico, y de allí vuelta a casa. Nunca más he vuelto a acercarme a una pista de nieve ni creo que nunca más lo haga.

 

16 julio 2014 - Posted by | General, Papeles de Torre

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