Felix Maocho

Para quien le interese lo que a nosotros nos interesa

Los Papeles de Torre – La abuela

Por Félix Maocho
28/5/2014

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Nuevos papeles del dossier de Torre  y tratan de un tema que aun recuerdo con bastante precisión. Si no estoy confundido creo que lo que os transcribo a continuación trata de la muerta de Doña María la madre del Rey.

La verdad es que estoy un algo asustado, porque de ser cierto,  demuestra que nuestro amigo Torre, seguía vivo y en ejercicio hasta hace relativamente poco tiempo. Creo, aunque no puedo afirmarlo con seguridad, porque los papeles están desordenados y carecen de fecha, que este asunto es el mas moderno de todos los que se tratan, sin embargo ello no quiere decir que posteriormente no haya seguido trabajando, o que esté jubilado pero vivo y en plenas facultades físicas y mentales. ¿Como le sentará que “sus papeles” salgan a la luz? Estoy asustado pero una curiosidad malsana, (nunca mejor dicho), me empuja a seguir divulgándolos.

Como siempre digo, no puedo asegurar la realidad del escrito, muy posiblemente sea solo elucubraciones de una mente enferma, o son ensoñaciones,   o un ejercicio literario. Yo no tengo una clara opinión sobre el asunto.

Un saludo

* * * * * *

Sexto escrito – La abuela

 

 Por Torre

 

Siempre me gustaron las Islas Canarias, y de ellas la más impresionante, Lanzarote. Su terreno volcánico, los Jameos del Agua, o las Cuevas de los Verdes mucho menos conocidas pero más impresionantes, el Timanfaya, y lo que llaman el malpais, las inmensas zonas basalticas de lava de todos los colores …

De siempre me ha parecido atractiva y misteriosa, pero esta vez no venía de vacaciones, sino a un trabajo, y no se presentaba nada fácil. Había que entrar en un recinto fuertemente custodiado y acabar con la abuela de la familia. Como en las novelas de Ágatha Christie, todos los herederos se reunían en una isla lejana para celebrar una fiesta familiar alrededor de la abuela…, y en medio de la celebración moría la abuela.

Con bastante antelación me informaron del plan de la familia; se reunirían a celebrar las Navidades en Lanzarote toda la parentela. La abuela, el hijo con toda su familia, hijas casadas, yernos y nietos incluídos, las hermanas y sus maridos, los sobrinos, en fin la familia al completo.

No supe entonces la razón de mi encargo y nunca la sabré. Como siempre sabía perfectamente lo que tenía que hacer, pero desconocía por completo el porqué de lo que hacía. ¿Había llegado la hora de heredarla? ¿Se había transformado en un obstáculo político? ¿Se la pretendía librar de su decadencia física? ¿Era un aviso para su hijo?.

Por otra parte no es nuestra misión saber cosas. Somos la mano, no el cerebro. Ni nos conviene, ni tiene el menor interés que sepamos el por qué de nuestras misiones.

Cuando recibí la orden me suministraron perfecta información del campo de operaciones. Fotografías y planos del edificio, incluso de los espacios donde se pudiera ocultar algo bajo el tejado o en las alcantarillas, aunque no fueran practicables. Puntual información sobre la abundante escolta, puestos de guardia, horas de cambio de guardia, medidas adoptadas para prevenir francotiradores y sabotajes, cámaras de televisión, alarmas de infrarrojo,…En fin todas las medidas que se habían tomado para conseguir la más alta seguridad durante el evento.

Quedaba claro que era suicida el intentar un atentado con fusil o en plan comando desde el exterior. Por otra parte las instrucciones recibidas, eran poca sangre y discreción y a ser posible sin heridas externas; no preocuparme mucho en fingir una muerte natural, pues ya se encargaría la familia de ocultar este extremo, pero hacer lo posible por ponerles fácil el declarar la muerte como natural.

Estuve buscando una solución al problema y después de mucho pensar y sopesar los pros y los contras, sólo se me ocurrió una posible: hacerlo desde dentro.

El plan consistía en estar dentro de la casa y aprovechar cualquier momento para llevar a cabo la acción. Se basaba sobre todo en dos hipótesis: que la numerosa escolta estuviera realmente preocupada por posibles ataques procedentes del exterior, que produjeran como consecuencia un relajamiento de la seguridad interna, y que hubiese mucho interés en  considerar la muerte como natural, es decir, que aunque tuvieran fundadas dudas sobre el origen de la muerte, no tuviesen excesivo deseo de afirmarlo ni de encontrar al asesino.

Si estos supuestos no eran ciertos, tendría mala escapatoria, pues tan difícil sería entrar por las bravas en aquel edificio, como salir, si la numerosa escolta y guardia que arrastraba la familia les permitía bloquear tanto las salidas de la casa como la isla al completo.

Tratándose de una acción tan peligrosa, evaluamos los riesgos con los jefes. Ellos opinaban que habría bastantes posibilidades de éxito, estaban seguros que se trataría de evitar el escándalo por todos los medios, por lo que tendría muchas oportunidades de escapar. Pero yo, que era el que arriesgaba el cuello, no estaba tan convencido y buscaba un plan alternativo que no supusiera tanto riesgo.

Pensamos y pensamos en otra solución, pero no conseguimos encontrarla. Se evaluó contar con la complicidad de los escoltas, pero se desestimó la posibilidad. Parecían  fieles e incorruptibles en su mayoría, y de nada me valdría, arriesgarnos a revelar la operación, para conseguir la complicidad de un par de escoltas. Poca ayuda me podrían prestar, sin tener ni siquiera la seguridad que a la hora de la verdad no me dejaran en la estacada y por no delatarse fueran los primeros en freírme a tiros.

Así pues con harto dolor hube de reconocer que, con todos sus riesgos, el plan inicial era el único viable y con posibilidades de éxito.

Puestas así las cosas, pasamos a estudiar la forma de introducirse en la casa sin levantar sospechas. Pronto encontramos el punto débil, el más afamado repostero de la isla pasaba por una racha de problemas económicos. Le contamos una milonga acerca de los reporteros del corazón y le pusimos cinco millones en la mesa, y no fue difícil convencerle para que me tomara por ayudante para los próximos meses.

Así pues durante un par de meses estuve adentrándome en los secretos de los milhojas y el marrón glaçé, asistiendo a fiestas, bodas y bautizos, por toda la isla, y hartándome a hacer fotografías de ocultis a todos los famosos y famosillos que aterrizaban en las islas.

Para dar más veracidad a la historia a veces vendíamos esta “exclusivas” a las revistas del corazón. Nunca pude imaginar que se pudiera ganar la pasta gansa por un procedimiento tan estúpido. Si me retiro de lo mío, a lo mejor decido dedicarme a esto.

Por fin se acercaron las Fiestas de Navidad. Como estaba previsto, toda la familia fue llegando a la isla. Para entonces teníamos bien cogido al pastelero por donde más duele. Si se resistía a trasladarme a donde fuera, publicaríamos su traición con los clientes y su vida como repostero de bodas y bautizos en la isla se habría acabado, así que bastó una insinuación de este tipo para que quedara sumiso como un esclavo.

Por enésima vez repasé los planos y los datos del edificio. Con la luz apagada habría sabido atravesar la casa. Aun lo recuerdo; diez y seis pasos desde la puerta del jardín para atravesar el salón. Cruzando la puerta, hacia la derecha, entre veintiséis y veintiocho pasos hasta llegar al pie de la escalera, siete escalones, vuelta a la derecha, cuatro escalones más, vuelta a la derecha, y otros siete escalones; ya estás en el piso principal donde se encuentran los dormitorios…

Y llegó el día de Navidad, el gran día. No cabe duda que me estoy haciendo viejo y que pronto tendré que dejar este oficio. Por primera vez en mi vida tuve malos presagios, me sudaron las manos y se me revolvió el estómago, pero a medida que se acercaba el momento fui poco a poco superándolo. A las doce de la mañana cargamos la furgoneta de la pastelería y nos largamos hacia el palacio.

Estaba bastante lejos y las carreteras en Lanzarote no son grandes autopistas, así que tardamos un buen rato en llegar. Fui observando el paisaje atormentado de la isla, tratando de no pensar y poco a poco volvió a mi espíritu la tranquilidad de siempre.

Cuando llegamos, nos identificamos en la verja. Estaban avisados de nuestra llegada y entramos sin problemas. Rodeamos el edificio principal y entramos por la puerta de servicio, allí habían establecido otro control. Pasamos por un arco detector de metales y nos pidieron el carnét de identidad, lo fotocopiaron y nos dieron el distintivo de identificación.

Nunca he sabido de qué vale este ceremonial, no detectaron mi falsa identidad y después de pitar mucho el aparato, pasamos, enseñándoselo a todos, un cuchillo de repostería con el que podíamos haber hecho una carnicería si nos lo hubiéramos  propuesto. Sin embargo tan sofisticado aparato no detectó una pistola de fibra de vidrio para autodefensa bajo el peto del delantal de pastelero que llevaba puesto, ni la fina cuerda de nylon, con la que se puede estrangular sin problema a una persona, que llevaba en el bolsillo, ni el veneno que llevaba oculto por si acaso era necesario, ni mis manos, que de todas, son el arma mas peligrosa que había introduciendo en la casa.

Entramos hasta la cocina y fuimos depositando nuestros dulces. Entramos y salimos una y otra vez con los postres y el acompañamiento para el café, los turrones, el guirlache, las frutas escarchadas, y un postre de helado de papaya. En cuanto se descuidaron me desvié de la cocina hacia un cuartito auxiliar que se usaba como despensa. Desde allí, al poco rato, como había convenido con el pastelero, oí como arrancaba la furgoneta dejándome en tierra. Nadie comprobó que un pasajeros se había quedado en la casa.

Me quité la ropa de pastelero y la dejé pendiente de una percha como si toda la vida hubiera estado allí. Debajo llevaba un uniforme de sirviente o camarero, chaquetilla blanca y pantalón negro. Salí del cuarto de las escobas y me dirigí con paso firme hacia la escalera de servicio, no miraba ni a derecha ni a izquierda, pasando desapercibido para la gente que andaba trajinando por las dependencias del servicio. Me crucé con alguno, pero mi aspecto, mi uniforme y la identificación en la solapa, hicieron que nadie se fijara especialmente en mí, había demasiados sirvientes y escoltas de diferentes casas como para que una cara desconocida llamara la atención a nadie.

Subí la escalera de servicio, abrí la puerta del piso principal y salí al pasillo. Aquella parte de la casa y a esa hora estaba vacía, habían acabado la limpieza de los dormitorios y toda la familia se encontraba reunida en la terraza del jardín tomando el agradable sol de Lanzarote en Diciembre. Entré en el dormitorio de la abuela y me escondí debajo de la cama. Comenzaba lo que yo más temía, la larga espera.

Inmóvil, debajo de la cama, dejé ir pasando poco a poco el tiempo. En el silencio de la habitación, aguzando el oído, se podía oír el sordo rumor de la casa. Después de un buen rato oí como entraban al comedor. El murmullo de las conversaciones de la familia, el inevitable ruido del cambio de platos, llegó con la suficiente claridad para indicarme como iban las cosas allá abajo. En la cocina había observado el menú previsto para la comida: un consomé, colas de langostinos con salsa romescu y mayonesa, y cordero asado con guarnición. Luego nuestros postres y el champagne.

Oí poner los cuencos de consomé, hasta mí llegaron  claramente los golpes de las cucharas en los cuencos de porcelana fina. Retirada de cuencos y cucharas, debían comenzar ahora el marisco. Un suave olor a cordero llegó desde las cocinas, debieron abrir todos los hornos a la vez, oí un nuevo cambio de platos, después el último cambio de platos y los taponazos del champagne, la comida estaba llegando a su fin.

Podían pasar dos cosas: que la abuela quisiera tomar la siesta como hacía todos los días o que quisiera aprovechar que estaba con la familia y no se la echara. No suelo rezar pero en este caso desee fervientemente que decidiera echarse la siesta, pues otras seis horas más inmóvil debajo de la cama era una perspectiva aterradora. Así pues cuando oí que abrían la puerta del ascensor mi corazón se puso a latir como una cafetera. Normalmente, un piso la gente sana lo suele subir andando, pues tardan más en abrir las puertas que en subirlo, pero no podía estar seguro de saber quien subía. Oí parar el ascensor y los trajines que se traían para sacar la silla de ruedas, ya no me cabía la menor duda, era la abuela.

De golpe se abrió la puerta del cuarto, desde mi posición solo veía una rendija del suelo por debajo de la colcha. Vi acercarse la silla de ruedas y los pies de la dama de compañía. Los pies de la vieja enfundados en unas suaves zapatillas bajaron del estribo de la silla de ruedas al suelo ayudada por la señora de compañía, la cama su hundió levemente cuando se sentó en el borde. Con ayuda de su cuidadora, se tumbó en la cama vestida como estaba, trajinaron un poco con la ropa de la cama, luego la acompañante cerró las contraventanas de la habitación hasta dejarla es semipenumbra  y salió del cuarto.

Esperé hasta que dejé de oír los pasos de la dama de compañía. Sigiloso me deslicé de debajo de la cama,  en penumbras me puse en pié, y de un golpe me apoderé de la almohada y se la puse en la cara apretando fuertemente contra el colchón. Pateó un poquito, pero su vida ya estaba en las últimas. Al cabo de cinco minutos dejé de apretar.

Coloqué nuevamente la almohada en su sitio, estiré un poco las ropas de la cama, y miré el resultado. Parecía un pajarito abandonado en medio de la gran cama de matrimonio.

Me miré en el espejo, la limpieza no debía ser muy esmerada pues la chaquetilla del uniforme se veía sucia del roce con el suelo. Me sacudí lo que pude y salí silencioso del cuarto. Cuando llegué a la zona de servicio me quité la chaquetilla y con ella doblada debajo del brazo llegué a la cocina.

Como quien no le da importancia pregunté a uno como podía bajar al pueblo. Me dijo que un coche iba a ir a un recado. Le pregunté al chófer si podía bajar con él. Así, en el asiento del copiloto de un coche de escolta atravesé la puerta y bajé hasta el pueblo.

A medio camino tuvimos, que pegarnos a la derecha hasta casi salirnos de la estrecha carretera. En la otra dirección y  a toda velocidad subían otra alta autoridad rodeado de escoltas a felicitar las Pascuas a la familia. Mal día habían escogido para visitar a la familia.

Cuando llegamos al pueblo, bajé del coche y tranquilamente busqué un taxi que me llevara Arrecife. En el puerto monté en el pesquero que me estaba esperando y bajé a la bodega a descansar, mientras el barco salía tranquilamente del puerto rumbo a Marruecos.

Los nervios pasados, el olor del gasoil y el balanceo del barco, se aliaron para hacerme poner enfermo. Definitivamente tenía que buscar la jubilación anticipada, ya el cuerpo no respondía para este tipo de vida. Subí a cubierta para echar hasta la primera papilla. Ya, a lo lejos se recortaba la isla, en la cabina del piloto sonaba la radio, aun no habían dado la noticia.

Cuando hacia las seis y media la radio dio la noticia, ya estábamos en aguas internacionales. Como los jefes aseguraron, la muerte de la abuela fue achacada a muerte natural.

 

28 mayo 2014 - Posted by | General, Papeles de Torre

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