Felix Maocho

Para quien le interese lo que a nosotros nos interesa

La Esfera – Pobres de solemnidad

Nuevamente una iluustración de Varela de Seijas, los pobres que se unían como plañideras en los cortejos funerarios, con la esperanza de recibir una limosna de los deudos.

 

Hasta hace muy poco, pobreza y vejez era un matrimonio indisoluble. Yo no he llegado a conocer lo que cuentan en La Esfera, pero si he llegado a conocer lo que llamaban pobres de solemnidad, que nada tiene que ver con el sintecho actuales, sino que eran personas de procedencia obrera que con los años dejaban de poder trabajar como jormaleros.

 

Naturalmente existía otra moral en la sociedad y era inconcebible que un hijo no atendiera a sus padres. Por otra parte, en la vida rural había trabajo para todos, viejos y niños se ocupaban de trabajos ajustados a su condición física, arear al burro que sacaba agua de la noria, recoger hierba para los conejos, recoger esparto en el campo para hacer sogas y estropajos, hacer escobones con ramas finas de mimbre y muchas cosas más eran trabajos típicos de viejos.

 

Así que de una u otra forma los viejos trabajaban para contribuir a su manutención, intentando ser una carga lo mas liviana posible para sus hijos. El problema era más grave cuando, por lo que fuera, los viejos no tenían hijos que cuidaran de ellos. Afortunadamente eran pocos y las instituciones religiosas casi solucionaban el problema, Los pobres encontraran acomodo como sacristanes y santeros que cuidaban y limpìaban iglesias y ermitasi, con derecho a solicitar limosna en su nombre.

 

Así, que semanalmente, unos fuertes golpes sonaban en la puerta, y una voz que parecía venir de ultratumba daba la filiación del pobre, ¡San José!, o ¡La Virgen!, o ¡El Santo Cristo!, que eran las tres ermitas que había en mi pueblo. Entonces nosotros íbamos a donde estaba la abuela y si era el Santo Cristo, del que ella era muy devota, nos daba una peseta que metíamos en la peana de una hornacina con una pequeña reproducción de la imagen defendida con un cristal.

 

Si los pobres pertenecían a las otras ermitas, no pasaba lo que echábamos de unas pocas monedas de diez céntimos. Con todo estos pobres eran afortunados por ser del pueblo, pues cuando la voz que acompañaba los golpes solo informaban, ¡un pobre!, solo se llevaba una moneda de diez céntimos, pues eso quería decir que no era del pueblo, que era un pobre que recorría los caminos, o que venía de un pueblo cercano, en cambio, para ellos, una congregación de monjas francesas tenían para ellos, una casita pegada a su convento, con una habitación donde habia un colchon de paja y un hogar con leña para que pudieran hacer lumbre.

 

Las monjas tenían además un pequeño asilo, que recogía a los pobres en sus última enfermedad, ademas tenían la escuela donde estudiaban las niñas bien, alli aprendió las cuatro reglas y a leer mi madre y mis tías así como francés que era lo mas que sabían enseñar las monjas, igual que muchos años antes habia aprendido mi abuela. Los niños bien estudiaban internos en la capital y el resto del pueblo iba a la escuela nacional, que tenía dos aulas, las de niñas y la de niños donde estudiaban juntos niños de todas las edades.

 

En el asilo aparte de los enfermos terminales, vivía el Tio Lubeiro otro viejo que ayudaba a las monjas a cuidar a los moribundos. El Tio Lubeiro era con mucho el más alto del pueblo, en un mundo donde eran contados los que pasaban de 1,60 metros, debería medir cerca de dos metros, además por algún problema de la columna vertebral, andaba muy erguido, casi echado para atrás, con lo que aún parecía mas alto.

 

El Tio Lubeiro, no necesitaba pedir, pues las monjas le tenían muy limpio y bien cuidado e incluso le daban algo de dinero de bolsillo, pero había algo que necesitaba y eso se lo daba mi abuela todos los años. En Semana Santa, no se que día, se conmemora el que Cristo lavara los pies a los apóstoles, en vista de ello el cura lavaba en la iglesia los pies a doce pobres. Uno de ellos era el Tio Lubeiro y habia algo que su dignidad no podía permitir presentar un calcetín roto delante de los feligresas.

 

De eso se encargaba mi abuela, que todos los años le regalaba un par de calcetines. Año tras año, el Tio Lubeiro debió ir consumiendo el stock de calcetines que dejó mi abuelo a su muerte en 1914, con la Gripe española que diezmó a la población de todo el país.

 

 

Si qyuere ver más post de La Esfera pinche aquí.

16 agosto 2008 - Posted by | La Esfera |

Aún no hay comentarios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: